La desinformación está a la orden del día e invade todas las esferas de nuestra vida, tanto en los planos personales como profesionales. Las fake news se expanden por las redes sociales y no sabemos identificarlas; incluso existen organizaciones implicadas en su producción y difusión. Si necesitamos tomar decisiones importantes en nuestras organizaciones, debemos basarnos en información en la que podamos confiar: contrastada, rigurosa y de calidad. Ya sea que llevemos nosotros a cabo una investigación o que la obtengamos de terceros, podemos caer en muchas trampas que nos hagan pensar que la información es buena, cuando en realidad no lo es.

 

Muchas redes en internet están llenas de supuestos estudios científicos llevados a cabo por equipos e investigadores que han sido contratados por empresas u otros grupos de poder para favorecer sus argumentos. Estos estudios no revelan toda la verdad, ocultan información clave o directamente mienten acerca de los resultados obtenidos. Y claro, juegan con la ventaja de que resulta difícil contrastar con detenimiento cada uno de los datos e informes para conocer la realidad. Esto amerita de tiempo, dinero y equipos de los que no siempre se dispone.

 

Las agencias fast-checking toman la delantera

Cualquiera que tenga nociones sobre cómo escribir un artículo científico apoyándose en autores, estudios y citas bibliográficas concretas podría construir un argumento falaz disfrazado de la verdad, que le otorga unas técnicas y una metodología o una estructura aparentemente científica. Junto al auge de la presencia de las fake news a nivel global, que son noticias que deliberadamente se han manipulado para hacer creer a la opinión pública que cierto fenómeno es real, han surgido multitud de agencias de fact-checking, o agencias de verificación de hechos, para contrarrestar su poder y su alcance.

 

Estas agencias nos devuelven el poder que habíamos perdido y con tan solo enviarles un WhatsApp o un email son capaces de devolvernos los resultados de su investigación, averiguando de manera profesional por nosotros si esa noticia es verídica o es falsa. Y falso puede significar muchas cosas: desde que la imagen que se utiliza no corresponda con ese hecho, sino con otro en otro lugar del mundo y en otra fecha, como que se haya cambiado el audio para hacernos creer que se dicen ciertas cosas que en el vídeo original no existían o mostrar gráficas y estadísticas sacadas de contexto o incluso mal interpretadas.

 

Los seres humanos somos frágiles a la hora de consumir información. Nuestra mente nos permite creernos casi cualquier cosa si esta parece verosímil, si está creada por una comunidad política, religiosa o educativa con la que comulgamos, o si refuerza nuestra propia visión de la realidad o nuestra moral. Somos víctimas de infinidad de sesgos cognitivos que nos engañan aun sin darnos cuenta.

 

Lo que debe importarnos como consumidores de información

No se trata de ser personas más o menos inteligentes. Se trata de no disponer de los mecanismos que nos ayudan a cotejar la información con herramientas científicas. No es más cierto un argumento porque lo crean más personas o porque haya mucha literatura al respecto. Tampoco es cierto que aquello de lo que tenemos conocimiento sea mejor que aquello que desconocemos. A veces, no somos capaces de interpretar correctamente un mensaje porque utiliza un vocabulario con el que no estamos familiarizados o porque está expresado de una manera que genera confusión y ambigüedad.

 

Otras ocasiones realizamos asociaciones falsas, correlaciones azarosas que pensamos que indican causalidad. Es importante cotejar las fuentes de información que recibimos, tratar de descubrir quién lo ha producido, cuándo, dónde y por qué. Debemos pensar en quién ha financiado esa información o si la está produciendo una empresa cuyo modelo de negocio depende de que creas que esa información es veraz, valiosa e importante cuando no lo es en absoluto.

 

No se trata de desacreditar todo tipo de información porque sí y de no confiar en nadie ni en nada más que en nuestro propio criterio. Dudar de todo nos lleva a una mentalidad conspiratoria que no nos ayuda. Simplemente debemos de analizar, cotejar y hacerle preguntas a las fuentes de información de las que dependen nuestras decisiones importantes, como parte de un proceso de calidad.

Fuente: Linkedin Learning